Sala 4

El orgullo de la especie

El orgullo de la especie

Si de algún órgano estamos orgullosos los seres humanos es de nuestro cerebro, el más grande de todas las criaturas vivientes, en términos relativos. Ya Juan Huarte, en Examen de ingenios para las ciencias (1575), hace mención de lo grande que es en comparación con el de la mona, y relacionaba este hecho con nuestras particularidades mentales.

El cerebro es un órgano que nos sale muy caro. Suele pesar menos de un kilo y medio y sin embargo consume la quinta parte de nuestros recursos energéticos. Es la parte del sistema nervioso central que ha crecido más a lo largo de nuestra evolución, aumentando así su superficie. Para que no ocupe demasiado volumen, se ha arrugado formando circunvoluciones.

Dentro del cráneo no solo está el cerebro, también se encuentran otras dos partes muy importantes del sistema nervioso central: el cerebelo y el tronco. Las tres estructuras juntas forman el encéfalo.

En el siglo XVIII se conocían bien los diferentes componentes del encéfalo. El trabajo minucioso y paciente de los anatomistas había desvelado lo que el ojo ve. Pero hay cosas que no se pueden descubrir a simple vista en un cadáver, por mucha que sea la pericia de la mano que maneja el bisturí.

Y lo que quedaba por saber, sobre todo, es cómo se procesa la información sensorial en la corteza cerebral y cómo se surgen las funciones superiores, lo que llamamos pensamiento. Un sabio español llamado Santiago Ramón y Cajal dio un paso de gigante, desvelando con el microscopio la naturaleza neuronal del sistema nervioso. Pero trabajaba con cerebros muertos, inactivos. Hoy en día, las modernas técnicas de investigación de la actividad cerebral están permitiendo saber qué áreas de la corteza se "encienden" cuando se realizan determinadas funciones cognitivas y cómo se conectan entre sí.

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